11 de abril de 2024

Como el tango, los libros te esperan

Tengo en mi biblioteca unos cuantos libros que todavía no leí. Libros que quiero leer, que tengo la certeza (en la medida en que la vida nos permite tener esta clase de certezas) de que algún día voy a leer. Pero más adelante. Cuando llegue el momento. En el futuro. ¿Cómo puedo estar tan seguro de que ese momento llegará? No lo sé. ¿Y cómo me voy a dar cuenta cuando llegue momento? Tampoco lo sé. Pero sé que, cuando eso suceda, lo voy a saber.

Esos libros están ahí, en los estantes, mezclados con los demás. Cada tanto, buscando otros títulos, me cruzo con ellos, les paso la mirada por encima. De algunos de esos libros que todavía no leí llego a olvidar su existencia, y cuando los veo ahí me digo “cierto que tengo esto”. A veces los saco y descubro que no me acordaba de su tapa, o de su tipografía, o de alguna otra de sus características. Hago memoria: trato de recordar desde hace cuánto los tengo, cómo me llegó, si lo compré, si fue un regalo, de quién, en ocasión de qué. No siempre lo consigo.

Los que compré yo, al menos muchos de ellos, los compré sabiendo perfectamente que todavía no los iba a leer, que no tenía idea de cuánto tiempo tendría que pasar hasta que sintiera que ahora sí, por fin, es la hora de leerlos. Y no sólo por eso que los japoneses llaman tsundoku –el afán de comprar libros a sabiendas de que no se leerán pronto– sino también porque en ciertos casos, cada tanto, por motivos que no puedo precisar, siento que necesito tener determinado libro. Un poco porque estoy seguro de que lo querré leer y para tener la tranquilidad de que, cuando sienta el deseo de hacerlo, lo tendré a mano, cerca de mí.

Pero también por otra razón. Una razón descripta con suma belleza en un párrafo de Elías Canetti, escrito en 1943, incluido en su libro La provincia del hombre y con el que me crucé hace poco, cuando lo compartió en las redes sociales la editorial mexicana Gris Tormenta:

“Hay libros que tenemos a nuestro lado veinte años sin leerlos, libros de los que no nos alejamos, que los llevamos de una ciudad a otra, de un país a otro, cuidadosamente empaquetados, aunque haya muy poco sitio, y que tal vez hojeamos en el momento de sacarlos de la maleta; sin embargo, nos guardamos muy bien de leer aunque sólo sea una frase completa. Luego, al cabo de veinte años, llega un momento en el que, de repente, como si estuviéramos bajo la presión de un operativo superior, no podemos hacer otra cosa que agarrar un libro de estos y leerlo de un tirón, de cabo a rabo: este libro actúa como una revelación. En aquel momento sabemos por qué le hemos hecho tanto caso. Tenía que estar mucho tiempo a nuestro lado; tenía que viajar; tenía que ocupar sitio; tenía que ser una carga y ahora ha llegado a la meta de su viaje; ahora levanta su velo; ahora ilumina los veinte años transcurridos en los que ha vivido mudo a nuestro lado. No hubiera podido decir tantas cosas si no hubiera estado mudo durante este tiempo, y qué imbécil se atrevería a afirmar que en el libro hubo siempre lo mismo”.

Durante esos veinte años –o diez, o cuarenta, los que sean– el libro se ha ido cargando de significado. Me recuerda a lo que dice Flannery O’Connor acerca de cómo se carga de significado la pierna ortopédica de uno de sus personajes, en el cuento “La buena gente del campo”. “Con el transcurso del relato, la pierna de madera continúa acumulando significados”, dice la autora, hasta que al final “ha acumulado ya tanto significado que, digamos, está cargada hasta el tope”. También el libro, mientras nos espera, se carga hasta el tope. La biblioteca como un relato; cada volumen, un personaje de la historia.

En ocasiones hay motivos concretos para postergar la lectura de un libro. Unas veces, la tristeza o la melancolía: un libro muy asociado a alguien que ya no está. Otras, una especie de pensamiento mágico. Sentimos que leer un determinado libro equivaldrá a una conclusión, al cierre de algo, y demoramos ese final. Por algún motivo, no leer cierto libro puede convertirse en una cábala, un sortilegio, una superstición.

Lo bueno es que los libros no se quejan. Tienen paciencia. Como el tango, los libros te esperan.

¿Cuántos libros que no leíste pero que sabés que vas a leer –aunque todavía no– te esperan en tu biblioteca?

Tengo este libro desde hace unos quince años. Tal vez lo lea pronto.

La forma más extrema de postergar la lectura de un libro consiste en elegirlo como el último que se ha de leer antes de morir. Lo hace Desmond, el personaje de la serie Lost, quien decide que la última lectura de su vida será Nuestro común amigo, la última novela de Charles Dickens. Su última novela terminada, en realidad: Dickens empezó a escribir una novela más, El misterio de Edwin Drood, pero se murió cuando iba por la mitad. El mismo riesgo se cierne sobre cualquiera que, como Desmond, pretenda decidir cuál va a ser su último libro leído: que la muerte no le dé el tiempo necesario, no llegar a concluirlo, o ni tan siquiera a empezarlo. Otro riesgo: el de arrepentirse de haberlo demorado tanto, por negarse la posibilidad de disfrutar durante más tiempo del haberlo leído. Sin embargo, más allá de los riesgos, como gesto poético me parece hermoso. La vida como un relato; ese libro último, la clave del capítulo final.


28 de marzo de 2024

Escribir para gente que todavía no existe

Hace un tiempo a Mark Zuckerberg se le dio por crear su propio Twitter y le salió algo llamado Threads, un espacio al que yo no tenía intenciones de sumarme, hasta que un día, no recuerdo si por curiosidad o por error, toqué un botoncito y creé una cuenta que no he podido borrar (si alguien sabe cómo hacerlo, por favor avíseme). Desde entonces, aunque nunca publiqué nada, me aparecen en Instagram y Facebook unas ventanas con publicaciones de Threads que se desesperan por llamar mi atención. Algunas lo logran.

Muchas de esas publicaciones que el algoritmo me entrega en mano como un repartidor de folletos provienen de un segmento particular: gente menor de treinta años, que vive en España, que lee y en muchos casos también escribe y se autopublica (casi siempre en versión digital: uno de ellos preguntaba irónicamente si todavía quedan personas que lean libros de papel); gente que está muy –demasiado– pendiente de las ventas de esos textos que autopublica y de las reseñas y las puntuaciones que esos textos reciben en plataformas como Amazon o Goodreads (otro mundo extraño).

Así fue como me enteré, un par de semanas atrás, de cierta polémica originada por una autora que, en esa red, criticó a una lectora que en alguna parte había calificado su libro con tres estrellas. Tres sobre cinco: una calificación normalita, digamos, un “bueno”, menos que un “muy bueno” y un “excelente” pero más que un “regular” y que un “malo”, por poner nombres de manera muy elemental a algo todavía más elemental como las estrellas o los puntos.

El caso es que la autora se enojó porque esa calificación le bajaba el promedio a su libro. Según su argumentación, si el relato no le había gustado lo suficiente como para ponerle un puntaje más alto, la culpa era de la propia lectora, pues pese a toda la información disponible –sinopsis, reseñas, puntuaciones de otros lectores, etc.– había decidido leerlo. De acuerdo con esa lógica, la lectora tendría que haberse dado cuenta de que ese libro no era para ella. Por lo tanto, la merecedora de la calificación no tan positiva sería en realidad la propia lectora. El asunto generó un montón de respuestas, comentarios y otras reacciones. Muchos defendían el derecho de cada lector a puntuar y opinar como quiera; otros, no obstante, se posicionaban del lado de la autora enojada.

De todo lo que se podría decir o reflexionar en torno a esta cuestión, me interesa detenerme en un aspecto que subyace en esta historia, en las redes sociales, en nuestro tiempo: la impaciencia. El apuro. La ansiedad. Esas personas no sólo desean que sus textos tengan “éxito” (lo que sea que represente para ellas esa palabra): también anhelan que ese “éxito” les llegue rápido, enseguida, ya. Es cierto que las prisas son típicas de la gente muy joven. Pero si algo nos enseñan la escritura y la publicación (o nos deberían enseñar, pienso, o al menos me han enseñado a mí) es a ser pacientes, a fortalecer la templanza, a saber que –como dijo alguna vez el escritor albanés Ismaíl Kadaré– nosotros “estamos habituados a vivir con la velocidad de la ciudad, pero la literatura vive con la velocidad de los astros”, a entender que los libros son como botellas arrojadas al mar.

Más o menos en los mismos días en que supe de esa discusión en internet, tuve noticia de un proyecto que encarna todo lo contrario a la urgencia y la precipitación. Se trata de la Biblioteca del Futuro, una idea de la artista escocesa Katie Paterson que tiene lugar en Oslo, Noruega, con el apoyo de las autoridades de esa ciudad. Se trata de una colección de textos que se irán acumulando, uno por año, a lo largo de un siglo. Permanecerán inéditos y no leídos por nadie hasta el año 2114, momento en el cual se publicarán. La primera autora invitada a participar, en 2014, fue Margaret Atwood. “Qué extraño es pensar que mi propia voz, que para ese entonces llevará mucho tiempo en silencio, despertará de pronto cien años después”, expresó la autora de El cuento de la criada.


(¿Es Noruega el país que más piensa en el futuro de la humanidad y del mundo? En ese país también se encuentra el Banco Global de Semillas, una “caja de seguridad” para salvaguardar la variedad genética de las semillas de todo el mundo ante posibles desapariciones causadas por catástrofes naturales o conflictos bélicos.)

En los años siguientes hicieron sus aportes a la Biblioteca del Futuro autores como Karl Ove Knausgård y Ocean Vuong. El texto de este 2024 será de la primera latinoamericana que formará parte del proyecto: la mexicana Valeria Luiselli. “Mi hija bebé va a tener 93 años en 2114. ¿Tengo que escribir ‘va a tener’ o ‘debería tener’? Mi hija mayor podría tener 105. Son matemáticas difíciles de pronunciar en voz alta, un horizonte difícil de imaginar”. La autora de Desierto sonoro añade que tal vez para entonces “no haya fronteras nacionales, ni directores ejecutivos de empresas, ni cáncer”, y que está segura de que “habrá curiosidad, y gente que se enamore perdidamente y largas conversaciones”, y que confía en que haya también “partituras musicales, caballos salvajes, coros a capella, pinturas al óleo, baobabs, predicciones astrológicas, ballenas jorobadas, lenguas antiguas y nuevas, saguaros en flor, manos que escriban y ojos que lean”.

¿Qué dirán esos textos? ¿Qué escribir para gente que todavía no existe? ¿Qué nos gustaría que nos dijeran a nosotros, en estos tiempos, unos textos escritos allá por 1930 y que todavía no hubieran sido leídos por nadie?

El auténtico desafío no tiene nada que ver con recibir estrellitas en las redes sociales: el objetivo es escribir textos que trasciendan, que no caduquen tan pronto, que tengan algo para decirle a la gente del futuro. O, al menos, de los que no nos avergoncemos cuando la marea de Facebook nos los traiga de regreso en forma de “recuerdos” el año que viene, o el otro.

 

14 de marzo de 2024

Como una inteligencia artificial, pero natural

Acaba de salir una “nueva” novela de García Márquez. En vida, el autor la desechó. Ahora la publican sus hijos, quién sabe si por nostalgia o por qué otros intereses. Leo que se registran dos clases de reacciones: las suaves, que señalan que de todos modos ya los últimos libros publicados en vida por García Márquez habían sido flojos, y las más tajantes, que aseguran que publicar En agosto nos vemos –así se titula el texto que Penguin Random House echó a rodar hace algunos días– es una vergüenza y una falta de respeto.

¿Podía esperarse otra cosa? No era más que un borrador descartado, uno de los tantos proyectos que todo creador deja de lado a lo largo de su vida. “Para un escritor también es importante lo que no publica”, me dijo Ricardo Piglia en una entrevista. En cualquier caso, alguien decía por ahí que lo que le llamaba la atención no era la unanimidad en las opiniones, sino el hecho de que nadie se quejara de haber pagado una buena cantidad de dinero para obtener el libro. Un dinero que probablemente podría haber destinado a mejores fines.

Tal reflexión me hizo pensar en una noticia de hace algunas semanas. Amazon resolvió limitar a tres la cantidad máxima de libros que un autor puede autopublicar en su plataforma por día. No es un error: ahora el máximo es tres libros por día por autor. ¿De qué clase de sinsentido estamos hablando? De libros creados por inteligencia artificial. Parece que hay gente que se dedica a “generar” (no sé cuál sería el verbo más apropiado) libros de esa manera y a ofrecerlos sin aclarar que la obra no ha sido creada por un ser humano. Esos libros se venden. Hay gente que paga por ellos. La persona detrás de la operación gana dinero.

¿Por qué alguien compra un texto del que no tiene absolutamente ninguna referencia más que las que aparecen en la propia página de venta del texto? (Escribo texto y no libro de manera deliberada, claro; un libro impreso, un artefacto de tinta y papel, puede llamar nuestra atención –incluso si carecemos de todo dato previo sobre él– por múltiples motivos: su portada, su forma, su olor, su peso, sus texturas, su antigüedad, las anotaciones manuscritas y otras huellas en sus páginas, hasta por algún error en su impresión o encuadernación que lo torne un objeto curioso; características por completo ajenas a los archivos digitales.)

Parte de la explicación la encuentro en la lógica del best seller, descripta por César Aira en un artículo al que siempre vuelvo. Dice Aira que “el libro literario siempre es parte de una biblioteca”, y por tal razón “aislado vale muy poco en términos de placer y saber”. En cambio, “en el género best seller importa más el libro que su autor […] Esta es una de las ventajas del best seller, una de sus ventajas de mercado, podría decirse: que se presenta autónomo, seductor en sí mismo […] Es simétricamente veraz en dos planos: dice lo que quiere decir, y lo ofrece como lo que es”. A tal punto es autónomo y seductor en sí mismo que en Amazon sucede lo que sucede: no hace falta más que una página web que hable del texto para vender ese texto.

Los extremos se tocan: si en el best seller importa más el libro que el autor, en la “nueva” novela de García Márquez lo único que importa es el autor. ¿Cuánto falta para que Penguin Random House le pida a la inteligencia artificial que escriba una nueva novela de García Márquez?

Hace unos días, Ethan Mollick, profesor estadounidense especialista en inteligencia artificial, dio en Amazon con una biografía suya creada por inteligencia artificial. “118 páginas de vaguedades repetidas y en bucle sin ningún hecho verdadero –describió en Twitter–. Sólo se utilizó como fuente mi biografía académica oficial”. Poco después encontró en Amazon un Workbook (“libro de trabajo”) sobre Co-intelligence: Living and Working with AI (A Practical Guide), el último libro de Mollick… que todavía no se publicó. “El problema con el contenido generado por inteligencia artificial en Amazon ya es grave –concluye Mollick–. Se necesitará curaduría”.

(Cada vez será más difícil, por cierto, distinguir los textos, imágenes y otros productos creados por personas de los contenidos desarrollados por inteligencia artificial. Ya hay quienes señalan la necesidad de introducir en las búsquedas en Google la fórmula “before:2022” para asegurarse de que los resultados sean, digámoslo así, humanos. Tal vez estamos parados sobre un borde, un abismo tan grande que no lo podemos ver; tal vez acabamos de cruzar una frontera y no nos damos cuenta, del mismo modo que los europeos de 1493 ignoraban que acababa de terminar la Edad Media y de comenzar la Moderna.)

Por lo demás, yo acá ando, como tantos de ustedes, haciendo malabares para sobrevivir a una economía gobernada por una banda de desquiciados y canallas, sin la menor intención de comprar ni de leer lo “nuevo” de García Márquez ni muchos menos textos digitales sólo recomendados en una página web. Me tiene muy contento haber encontrado en estos días algo que buscaba desde hacía un montón: la Autobiografía de Alice B. Toklas, de Gertrude Stein. Un ejemplar llegado al mundo en 1978. Igual que yo. Cuenta la última página que “Gertrude Stein dijo: ‘No pareces muy decidida a escribir tu autobiografía. Bueno, pues ¿sabes qué voy a hacer? La escribiré yo. La voy a escribir yo del mismo que Defoe escribió la autobiografía de Robinson Crusoe’. La escribió, y aquí está”. Una autobiografía escrita por otra. Como si fuera una ghost writer. O como una inteligencia artificial, pero natural.




29 de febrero de 2024

Libros nuevos, libros leídos, libros usados

Hace algunas semanas, durante una conversación, conté que había leído un libro de mi librería, es decir, uno de los ejemplares a la venta en Esmeralda Libros. La persona a la que se lo conté se sorprendió: puso cara de que le parecía mal –creo que un poco en broma y un poco en serio– porque ahora ese que yo había leído era un “libro usado”. A mí me sorprendió su sorpresa, ya que no considero que haber leído el libro sea poco ético ni malo ni negativo. Más bien al contrario, me parece valioso y necesario leerlos, conocer los libros que uno vende, poder hablar sobre ellos.

La charla me llevó a pensar en el concepto de libro usado. Cuando hablamos de libros usados nos referimos a ejemplares que cargan con evidentes huellas de lectura: están ajados, gastados, subrayados o anotados, pueden llevar el nombre de su antiguo propietario, dedicatorias de puño y letra, a menudo hay páginas amarillentas o dobladas o manchadas de café o de maquillaje o de lágrimas o quién sabe de qué otras sustancias, incluso el lomo en ocasiones se deforma, y si la encuadernación es mala puede haber páginas sueltas o a punto de desprenderse.


Los libros no son como los autos ni como los electrodomésticos: no se rigen por cuentakilómetros ni obsolescencias programadas. ¿Cuántos libros habían sido leídos antes por los libreros o por otras personas en la librería y sin embargo luego los compré como nuevos? ¿Cuántas veces fui yo quien leyó largos pasajes en una librería después de abrir un volumen al azar y, tras depositar la vista en un párrafo cualquiera, sentir que no podía despegarme de él? Salvo los ejemplares que recibimos envueltos en el plástico original con el que salen de la imprenta, o aquellos que tienen los bordes de las páginas todavía un poco pegados entre sí, como un recuerdo de la guillotina que los emparejó, y que cuando los abrimos y hojeamos dejan escapar ese embriagador perfume a libro nuevo, salvo en esos casos, digo, todos los libros que nos vendieron como nuevos pueden haber sido leídos con anterioridad. Y no por eso dejaron de ser nuevos.

A menos que uno sienta que de algún modo los libros se transforman o se cargan de energía o algo así cuando uno los lee. Puede sonar un poco absurdo, pero, por ejemplo, si yo compro la última novela de un autor al que admiro y el librero al entregármelo me cuenta que me estoy llevando el ejemplar que el autor tuvo en sus manos y del que leyó algunos fragmentos durante la presentación de la novela, bueno, tal vez sea un poco especial llevarme y tener conmigo precisamente ese ejemplar. Aunque también podría ser una mentira del librero, claro, y en ese caso la energía o el aura o lo que sea que tuviera de especial ese ejemplar se lo estaría otorgando el propio librero, o yo mismo al creer en su mentira. Así es como funcionan estas cosas.

En cualquier caso, me parece claro que no es lo mismo libro leído que libro usado. El hecho de que un ejemplar haya sido leído o no es una circunstancia; que sea usado es una condición, una característica física, notoria, irreversible. Mis hábitos de lectura, por cierto, hacen que al leer un libro nuevo (siempre que sea de mi propiedad, desde luego) lo convierta a la vez en un libro leído y en un libro usado, porque lo subrayo y a veces lo anoto y en cierto sentido me esfuerzo por que se note mi paso –el paso de mi lectura– por sus páginas. He alcanzado una edad en que cada tanto me cruzo con algún libro que tengo desde hace muchos años y no recuerdo si lo leí o no, y si lo hojeo y no veo ninguna marca de lectura (porque a dejar huellas al leer también se aprende con el tiempo) no tengo manera de resolver esa duda. De alguna forma, es para mí un libro no leído, incluso aunque lo haya leído; y si estuviera lo suficientemente bien conservado hasta podría ser un libro nuevo.

(Hace casi una década dejé de vivir en España y me reencontré con mis libros que habían quedado en Argentina, entre los cuales descubrí algunos que no recordaba que tenía. Al ver Sudeste, de Haroldo Conti, pensé: “Qué bueno, hace mucho que tengo ganas de leer este libro, ahora lo voy a poder leer”. Inmediatamente después lo abrí… y encontré mis propios subrayados.)

Una aclaración, por si hiciera falta: cuando leo un ejemplar que pertenece a Esmeralda Libros, lo trato con un cuidado y una delicadeza que lo mantienen nuevo, en un estado indistinguible del de los demás.

Y un comentario final: también existen libros usados pero no leídos. Libros erosionados por el tiempo, por las mudanzas, por los elementos, por la desidia, por el olvido. Libros que nadie leyó utilizados para ocupar espacio en estantes, para adornar paredes, para completar colecciones, para simular afición lectora frente a los demás, para esconder en su interior dinero u otros objetos valiosos, para emparejar patas de muebles, para ser ofrecidos perpetuamente en librerías de usados. Muchos libros, a qué negarlo, parecen haber sido escritos menos para ser leídos que para ejercer esas dispares y no siempre innobles funciones.


4 de enero de 2024

Capote y Puig y el arte de contar películas

¿Tienen ustedes algún cuento que, sin importar cuántas veces lo relean, los conmueve siempre hasta las lágrimas? Yo sí: “Un recuerdo navideño”, de Truman Capote. Me volvió a ocurrir el mes pasado, cuando lo releí porque lo íbamos a comentar en algunos de mis talleres. El relato –publicado a finales de 1956, cuando Capote tenía treinta y dos años– narra el vínculo entre un niño llamado Buddy (una versión autobiográfica del autor) y una prima lejana, una mujer de sesenta y tantos años que “sigue siendo pequeña” y a la que él, en este texto, llama simplemente su “amiga”. Preparan tortas y otros regalos para hacer a otras personas en Navidad. La historia transcurre hace casi un siglo, a comienzos de la década de 1930, en algún pueblo del sur de los Estados Unidos.

Al hablar de su amiga, Buddy cuenta que ella nunca se ha alejado más de cinco kilómetros de su casa, nunca comió en un restaurante, nunca leyó nada que no fueran historietas o la Biblia y, entre otras cosas, nunca vio una película. Ni tiene intenciones de hacerlo. “Prefiero que tú me cuentes la historia, Buddy. Así puedo imaginármela mejor. Además, las personas de mi edad no deben malgastar la vista. Cuando se presente el Señor, quiero verlo bien”.

La actitud de la mujer ante el cine recuerda a la manera en que algunas personas –sobre todo de cierta edad– se aferran a sus costumbres. Ves a alguien ejecutar una determinada acción y le explicás que se puede hacer lo mismo de manera más sencilla, o que existe un aparato que facilita mucho la tarea, y sin embargo la respuesta es: “Prefiero hacerlo a mi manera”. Si le preguntás por qué, esa persona esgrimirá razones tan peregrinas como que le gusta más imaginar que ver una historia o que desea ahorrar capacidad visual para el encuentro con Dios. Yo mismo –no voy a negarlo– ocupé ese rol en más de una ocasión. Hace poco leí un tuit de alguien que decía que descubrimos música nueva hasta los veintiséis años y que a partir de esa edad nos dedicamos a escuchar siempre lo mismo y a decir que toda la música nueva es una mierda. Es una exageración bastante acertada; sospecho que empezamos a hacernos viejos mucho antes de lo que nos gusta creer.


Esta relectura del cuento me hizo reflexionar también sobre un arte perdido: el de contar películas. Aunque tal vez lo que me hizo pensar en eso fue La traición de Rita Hayworth, la novela de Manuel Puig que leí poco después del relato de Capote, en la que Toto Casals, un niño de más o menos la misma edad que Buddy (y también una versión autobiográfica del autor), les cuenta películas a los mayores. La época es casi la misma, y la historia también transcurre en un pequeño pueblo del interior de un vasto país, y Puig la terminó de escribir a comienzos de 1965, cuando tenía treinta y dos años. Toto Casals, de adulto, podría ser desde luego el Molina de El beso de la mujer araña. (¿Sería Puig una especie de Capote argentino? ¿Capote una suerte de Puig estadounidense?)

Supongo que el arte de contar películas comenzó a declinar cuando las películas dejaron de ser una exclusividad de las salas de cine. ¿Por qué te voy a contar una película si podemos alquilarla / comprarla / descargarla / buscarla en alguna plataforma y verla juntos donde queramos? Sólo tiene sentido contar películas en lugares donde no se pueden ver películas (por ejemplo un contexto de encierro, como en El beso de la mujer araña) o cuando las películas son inhallables. O cuando el objetivo es añadir un carácter humorístico o hermenéutico a la reseña, como hacen Te lo resumo así nomás y todos los canales de YouTube que lo imitaron después.

En cualquier caso, contar películas resulta un gran entrenamiento narrativo. Contar una película entraña las mismas dificultades que contar una historia a secas: identificar los hilos del relato, edificar su estructura, presentar de forma clara a los personajes, dosificar la información, crear intriga, tensar las cuerdas de la emoción y el suspenso en los momentos oportunos, lograr que el clímax genere satisfacción. Casi siempre se piensa como una narración oral, pero también se puede hacer por escrito. Así lo hacía el propio Puig cuando le mandaba cartas a su familia, unas cartas plagadas de “anécdotas, chismes y películas, muchas películas”, como señala Virginia Higa en su crónica sobre “Manuel Puig en Estocolmo”, incluida en su último libro, El hechizo del verano.

Fragmento de la página 121 de El hechizo del veranode Virginia Higa (Sigilo, Buenos Aires, 2023)

¿Cuántas películas habrá contado Puig antes de escribir su primera novela (y antes de decidir que su primera novela debía tener una estructura que se saliera por completo de las formas tradicionales de contar historias, incluidas las de contar películas)? ¿Qué se puede hacer salvo ver películas?, se preguntaba Charly García en tiempos aún bastante más oscuros que los actuales; si tenemos suerte, podemos leer.

“Leer las cartas [de Puig] me produce el mismo efecto que la lectura de sus novelas –escribe Higa–: su sensibilidad se funde con la mía y se imprime sobre las cosas que veo, y me siento menos sola”. Suele ser el efecto de la buena literatura: nos hace sentir menos solos. Además, como dice la amiga de Buddy, algunas historias es preferible que nos las cuenten con palabras en vez de que estemos mirando una pantalla. Así podemos imaginar mejor. Algunas de esas historias, incluso, nos conmueven siempre hasta las lágrimas.


28 de diciembre de 2023

Las listas de los libros del año

Y vos, ¿hiciste tu lista de los mejores libros de 2023? Existen tantas listas de mejores libros del año como personas que leen libros. Y existen, esencialmente, dos tipos de listas de mejores libros del año: por un lado, las que se limitan a los libros aparecidos durante el año en cuestión; por el otro, las referidas a los que el autor de la lista haya leído durante ese período, sin importar su fecha de publicación. El peso de la novedad otorga a las primeras –al menos en teoría– un valor periodístico mayor. Las segundas quedan suelen quedar reservadas para espacios más bien anecdóticos, como blogs o redes sociales.

Cabe preguntarse, no obstante: ¿cuántos libros que hayan sido publicados durante el año en curso lee uno? Intuyo que no tantos, a menos uno sea un periodista culturale o un crítico y deba hacerlo por obligación, o que sea un verdadero fanático de la novedad. Porque ni siquiera se trata de libros “publicados hace menos de un año” sino “de este año”: es mucho más probable leer libros de este año en diciembre que en enero. ¿Cuántos libros publicados en noviembre o diciembre integran las listas de los mejores libros del año?

Hay medios que publican listas de, por ejemplo, “los mejores 40 libros de no ficción del año”, y a esa lista la firma una sola persona. Sin tener en cuenta si esa persona sólo lee libros de no ficción, ¿cuántos libros tenés que haber leído para elegir los mejores cuarenta? Yo leí apenas una decena de libros publicados en 2023. Si tuviera que hacer una lista de “los diez libros del año”, tendría que incluirlos todos. Sería, de algún modo, como ese tren inservible imaginado por Alejandro Dolina: es tan largo que su furgón de cola está en la estación de partida y la locomotora, ya en la de llegada.

“Las listas de mejores libros que veo por aquí y por otros lares –anotó en estos días Vicente Luis Mora– son tan variadas, irreconciliables y profusas que acaban en la paradoja del mapa coincidente, de forma que nos acaban recomendando leer (¿o haber leído?) todo lo publicado en 2023, en casi cualquier lengua, lo que implicaría pasar el próximo siglo leyendo libros recomendados de este año. Pero os haré caso, amén a todo, me bajo en marcha, me quedo viviendo en 2023 para siempre. Feliz año idéntico, gente querida”.

Bajarse en marcha de un tren inmóvil y dejarse guiar por aquel mapa borgeano cuyo tamaño coincidía puntualmente con el imperio que representaba. Las “despedazadas ruinas de ese mapa” son las únicas reliquias que perduran de las disciplinas geográficas, dice Borges; quién sabe si en algún futuro distópico cada vez menos difícil de concebir las únicas reliquias de las disciplinas literarias que perduren serán nuestras listas de mejores libros del año.


El caso es que desde la revista Letras Libres me invitaron a participar de un artículo colectivo en el que unas cuantas personas indicaríamos los que considerásemos los mejores libros del año. La propuesta original pedía una selección de diez títulos publicados o reeditados en 2023; luego nos aclararon que podían ser menos de diez. Elegí tres:

1) Fortuna, novela de Hernán Díaz, argentino que vive en Estados Unidos y escribe en inglés, publicada originalmente en 2022 y editada en castellano por Anagrama a comienzos del 23;

2) Shakespeare and Company, las memorias de Sylvia Beach, la fundadora de la librería más famosa del mundo y editora del Ulises de Joyce; este libro apareció en 1956, pero estaba agotado y descatalogado desde hacía años, hasta que ahora lo reeditó mi querida Trama editorial; y

3) El hechizo del verano, de Virginia Higa: una serie de crónicas de la vida en Estocolmo, donde la autora de Los sorrentinos vive desde hace varios años. Un libro realmente hermoso sobre el cual me extenderé (espero) en las próximas semanas, editado por Sigilo.

También me gustaron mucho otros libros editados este año, como La banda de los polacos, de Federico Jeanmaire, La paciencia del agua sobre cada piedra, de Alejandra Kamiya, Escritor profesional, de Edgardo Scott, y Garita, de Matías Lucadamo.

Y mi lista de mejores lecturas del año sin importar cuándo se publicaron incluye títulos como El origen de las palabras, de Damián González Bertolino, Los mejores días, de Magalí Etchebarne, Estás muy callada hoy, de Ana Navajas, Un cementerio perfecto y Los llanos, de Federico Falco, Inundación, de Eugenia Almeida, Ningún lugar adonde ir, de Jonas Mekas, Ocho, de Amy Fusselman, Todos los nombres, de José Saramago, y La traición de Rita Hayworth y Boquitas pintadas, de Manuel Puig.

(Por cierto, en mi lista de mejores lecturas del año no entraría Shakespeare and Company, porque la leí hace bastante, en otra edición, y en la de Trama –todavía– no la releí.)


¿A alguien le importa todo esto? Ni idea. Ni siquiera sé si alguien llegará hasta acá, hasta el duodécimo párrafo de un artículo que nadie pidió. Pero así es cómo funciona la literatura en muchas ocasiones: textos que nadie pide llegan de las formas más azarosas a personas que ni imaginaban que iban a leerlos; menciones que parecen intrascendentes se convierten en recomendaciones y marcan itinerarios de lecturas para gentes insospechadas; ideas arrojadas como botellas al mar terminan generando conversaciones, amistades, historias de amor.

Eso último, dado lo desconcertante, lo angustioso, lo incierto del tiempo que vivimos, ya hace que, al menos para mí, valga la pena compartir un texto como este.

Feliz 2024. O al menos que sea lo más llevadero posible.


14 de diciembre de 2023

Leer como librero

Ella asistía a un taller literario y sin embargo, en los dos años y pico que estuvimos juntos, nunca me permitió leer ninguno de sus textos. Decía que le daba vergüenza. Lo que sí leímos juntos una vez fue un cuento de una amiga suya, compañera en el taller. Luego, mientras lo comentábamos, yo señalé algo relacionado con la estructura del relato, o quizá con el uso de los tiempos verbales o con la voz que narraba, no recuerdo. Entonces ella me miró con un gesto de sorpresa, casi de espanto, y con un tono que revelaba por mí algo parecido a la lástima dijo: “Claro, es que tú lees como escritor” (me hablaba de tú porque es española). Desde su perspectiva, el hecho de que al leer yo analizara esa clase de cuestiones técnicas –por llamarlas de algún modo– hacía que mi disfrute fuera menor que el de ella, quien se entregaba a la lectura de una manera mucho más “relajada”.

Conté muchas veces esa anécdota, sobre todo desde que empecé a dictar talleres, porque creo que retrata muy bien esa idea tan extendida: la de que el goce ante un hecho artístico es mayor cuando lo enfrentás con “inocencia”, dejando de lado lo racional y poniendo atención nada más que a las sensaciones y los sentimientos que ese hecho te genera, porque lo único que importa es si te gusta o si no te gusta. Por supuesto que todo eso (las sensaciones, el gusto personal) es importante, pero no lo único. Lo demuestra una prueba irrefutable: nadie que haya adquirido las herramientas para leer de una forma más profunda, sin quedarse en la superficie de los textos, analizando los complejos mecanismos que, como los de relojería, permiten que un relato funcione y genere determinados sentidos, ninguno de esos lectores, digo, desearía desprenderse de tales herramientas, “olvidar” ese modo de leer para, en teoría, disfrutar más. Y no lo desearía precisamente porque sabe que se disfruta más cuando se lee así: cuando se lee mejor, podríamos decir.

Pensé en todo esto cuando empecé a armar la librería y me empezaron a llegar libros que no había leído. A todos los conocía, pues yo mismo los había pedido; el catálogo de Esmeralda Libros es, entre otras cosas, una curaduría: está compuesto por libros que leí y me gustaron mucho, y también por libros que no leí pero escritos por autores que me gustan, o que me recomendaron, o sobre asuntos que me interesan, e incluso algunos elegidos por pura intuición. Surgió entonces el interrogante: ¿cómo hacer con los que no había leído? Todos sabemos lo desagradable que resulta enfrentarse con alguien que vende libros y no sabe nada sobre ellos. Me di cuenta de que tenía que leer todos esos libros, al menos parcialmente, en principio siquiera hojearlos, leer las contratapas, las solapas, el índice, la biografía del autor. Intuí que todo eso constituía también un modo de leer. Leer como librero.

En esas mismas semanas iniciales del proyecto de la librería releí las Memorias de un librero, del mítico Héctor Yánover, fundador y jefe de la librería Norte –en la ciudad de Buenos Aires– desde los años sesenta hasta su muerte en 2003. Había leído por primera vez esas memorias más de veinte años antes, en un volumen que no recuerdo quién me prestó; desde el año pasado, tengo conmigo la versión que Trama editorial publicó en Madrid en 2014.


Entre sus recuerdos bellamente desordenados, Yánover destaca que, así como existen “libreros que leen constantemente y tratan de que no se sepa”, también hay “libreros que no han leído jamás un libro y se jactan de ello”. Como exponente emblemático de los libreros que leen podemos citar a don Constantino Caló, propietario de La Incógnita, una librería ubicada en la calle Sarmiento al 1400 que, según cuenta Yánover, “se fue llenando hasta que las estanterías resultaron pequeñas”. Caló entonces “amontonó pilas de libros en los pasillos, sobre los mostradores, detrás, delante, arriba, mientras él iba siendo desalojado como en ‘Casa tomada’, y cada vez corría su silla más cerca de la puerta de la calle, hasta que definitivamente, y durante años, se lo pudo ver sentado en la vereda de su real Incógnita, leyendo. Si le pedías un libro, se metía por oscuros pasillos y escondrijos minúsculos para salir, al cabo, triunfante de su laberinto con el libro en la mano. Otras veces desanimaba al presunto lector o porque no tenía ganas de buscar el libro solicitado o no le gustaba o ese día ya había vendido lo suficiente”.

“El librero –apunta Yánover– debe aparentar ser culto e insistir en su apariencia. Ser un tanto pedante; y debe saber administrar ambas cosas”. Ser culto, de todas formas, no puede quedarse en una mera fachada. Queda claro cuando el librero elogia la sagacidad de su hija Débora, heredera de la librería Norte y del oficio: “Cuando aquel cliente vino a pedir La oreja cortada de Hegel y Débora, rápida como el rayo, le alcanzó La oreja rota de Hergé, una aventura de Tintín, todos felicitamos su capacidad deductiva. De ahí que no me pude aguantar y lancé mi filípica acerca de lo bueno que resulta un librero que sea capaz de obturar los agujeros de la memoria de un cliente y reconstruir su deseo verdadero a través de los elementos que exponga”.

La capacidad deductiva es sin duda valiosísima, pero para desarrollarla es imprescindible un paso previo: el conocimiento. De lo contrario, la pretendida sagacidad puede conducir a errores groseros, como el que refiere Alejandro Zambra al narrar un episodio de su adolescencia: “Recuerdo al empleado de la librería Atenea que, cuando yo buscaba La vuelta al día en ochenta mundos, me aclaró con paciencia, muchas veces, que el libro se llamaba La vuelta al mundo en ochenta días y que el autor era Julio Verne y no Julio Cortázar”.

Viene a cuento citar un libro cuyo título parece un chiste pero que es un excelente ensayo sobre la lectura: Cómo hablar de los libros que no se han leído, del francés Pierre Bayard. “Dado que imparto clases de literatura en la universidad –explica el autor en el prólogo– me es imposible escapar a la obligación de comentar libros que la mayoría de las veces ni siquiera he abierto”. La primera parte de la frase podría ser reemplazada por: “Dado que soy librero…” El epígrafe del libro es una cita de Oscar Wilde: “Jamás leo los libros que debo criticar, para no sufrir su influencia”. Insisto: por más que todo parece un chiste, es un ensayo excelente. Lo sé porque lo leí; aunque, si no me creen, me parecerá entendible.


“El librero termina siendo un compuesto de libros –anota Yánover–, ya que si es un tanto así de curioso abrirá uno que otro y mirará allá un índice, acá una nota, más allá una fecha y en este otro un prólogo, una justificación, un epílogo. Y eso varias veces por día, seis días a la semana, todas las semanas de su vida. Cuando se quiere acordar ya olvidó la fuente donde leyó todo aquello”.

Goethe escribió que “cuando se lee no se aprende algo sino que se convierte uno en algo”. Ese algo en lo que uno se convierte, digo yo, depende en parte de cómo lee. Sospecho que esa lectura del picoteo, el aprovechamiento al máximo de cada dato que se extrae de la revisión de un libro que se sostiene en las manos durante unos pocos instantes, es el rasgo que define la acción de leer como librero. Algún día la persona que esté a mi lado me verá comportarme de esa forma y me dedicará un gesto de sorpresa, casi de espanto, y con un tono que revelará por mí algo parecido a la lástima me dirá: “Claro, es que tú lees como librero”. También me parecerá entendible, por supuesto.


* * * 


PD: Un día de 2017 o 2018 entré en la librería Norte y vi que sobre el mostrador tenían un ejemplar de las Memorias de un librero de Héctor Yánover editadas por Trama editorial. Yo las había leído tres lustros atrás y no recordaba que la librería de Yánover era precisamente esa en la que yo me encontraba. Le pregunté a la persona que me atendió si vendían allí los libros de esa editorial. Me explicó que no, pero que si a mí me interesaba algún título en particular tal vez ellos lo pudieran pedir. Le respondí que no, que sólo quería saberlo porque próximamente esa editorial iba a publicar el libro de un amigo. Me dio pudor revelarle que el libro que iba a salir en realidad era mío y que se titularía Contra la arrogancia de los que leen. Una edición de este libro impresa en Argentina llegó a las librerías de nuestro país un tiempo después, y todavía quedan ejemplares a la venta; algunos de ellos en Esmeralda Libros.

7 de diciembre de 2023

Poner una librería

Había pasado ya un buen rato desde la medianoche y me ocurría eso que les suele ocurrir a los niños: tenía sueño pero no tenía ganas de dormir. Así que me fui a la cama con un libro, un conjunto de ensayos del escritor y editor italiano Roberto Calasso titulado Cómo ordenar una biblioteca. Me faltaba leer sólo el último –el más breve– de los cuatro textos que lo componen, titulado a su vez “Cómo ordenar una librería”. Además de que son temas que en general me interesan mucho, andaba en esos días con la intención de escribir un artículo sobre el orden en los libros en las bibliotecas, en las librerías y en otros sitios.

La idea de ese artículo me la había sugerido, bastante tiempo atrás, un breve texto de Laura F., mi amiga librera, acerca de cómo (si no recuerdo mal) una suerte de “premeditado desorden” en los volúmenes de una librería también puede ser una guía de lectura, una forma de ejercer el arte de la recomendación. Si la obra de, digamos, Mariana Enríquez se ubica junto a la de Roberto Arlt y justo después viene la de Yukio Mishima y luego la de Virginia Woolf y apenas más allá la de Stendhal, aunque se trate de autores que no parecen tener demasiado que ver entre sí, pues de algún modo esa sucesión nos dirá algo, nos sugerirá una cierta relación de contigüidad o de continuidad o de influencia, nos propondrá –acaso inconscientemente– un posible recorrido. Ya tenía decidido el título del artículo que iba a escribir: “En busca del desorden perfecto”.


Dice Calasso en su texto que “la librería deberá presentarse como un lugar en el que se quiera entrar” y que “debería ser el lugar en el que del modo que sea se encontrará algo que queramos leer” (las cursivas, en todas las citas, son del autor). También apunta que “el librero debería ejercer su función de primer crítico. La crítica, en su acepción exacta, implica una criba […] Aquí interviene asimismo otra virtud indispensable para el librero: el olfato, la capacidad de orientarse, que implica ante todo la capacidad de separar las categorías”. Añade en otro pasaje que “no existe (por fortuna) un canon de los escritores y cada librero decidirá según su arbitrio –sin perder de vista los criterios de rotación– qué escritores escogerá”.

Hacia el final de su opúsculo, Calasso señala que en una librería “el verdadero lector no necesita mucho: un poco de gusto en la decoración y en las luces es suficiente. Además, claro, de la posibilidad de pasar un rato confortable, dedicándose a esa actividad deliciosa que los ingleses llaman browsing. Lo importante es que pueda encontrar fácilmente los libros que venía a buscar y descubrir aquellos que no sabía que estaba buscando. Y, también, que todo esto suceda en un lugar adecuado […] Así se podrá reconocer, hoy como ayer, la buena librería”.

La lectura me había hecho pensar ya no sólo en el orden de los libros sino también en los demás detalles mencionados por Calasso acerca de las librerías y los libreros, y sin darme cuenta me dejé llevar y me descubrí imaginando cómo actuaría yo si fuese librero, qué decisiones tomaría, de qué maneras intentaría hacer de mi librería una buena librería. Era una época propicia para ejercitar esas fantasías: un mes antes me había quedado sin el trabajo que representaba mi principal fuente de ingresos, de modo que ahora tenía más tiempo y, sobre todo, muchos deseos de dar un giro a mi vida profesional y laboral. Cuando terminé de leer el texto de Calasso, la idea refulgió en mi mente en forma de pregunta: ¿y si pongo una librería?

Es un delirio, fue lo primero que me respondí; es lo primero que me suelo responder en situaciones como esa. Pero inmediatamente después me dije que no: era algo difícil, sí, pero no un delirio. Empecé a elucubrar cuáles serían los pasos concretos que debería dar para llevarlo a cabo. Dejé el libro de Calasso a un lado y apagué la luz, pero en la oscuridad de mi pieza esos pensamientos me dominaron con tanta intensidad que literalmente me quitaron el sueño. Me desvelé. Pasé un largo rato conjeturando mi librería futura.

Al día siguiente era 26 de abril. Técnicamente, ya era esa fecha cuando sucedió todo lo narrado hasta aquí, porque había sido después de la medianoche anterior. Ese día me enteré de que el 26 de abril es el día del librero. Lo tomé, por supuesto, como una señal: una de esas señales en las que uno elige creer. Además, ese día era especial para mí, porque cumplía años una persona a la que quería mucho. Y terminó siendo más especial todavía porque a la noche vi a mi amiga Mariana, cenamos juntos, ella fue la primera persona a la que le conté mi idea de poner una librería, le gustó mucho, se puso contenta, me apoyó. No podíamos sospechar que esa era nuestra última charla, nuestro último encuentro, porque unos días después ella se empezó a sentir mal y una semana más tarde la operaron y estuvo casi un mes en terapia intensiva y yo todavía no puedo creer que, desde finales de mayo, ella ya no esté más con nosotros. Por eso, cuando pienso en el origen de mi proyecto de la librería, Mariana está muy presente.

En los meses siguientes fui dando pasitos, con el inestimable asesoramiento de Laura, mi amiga librera. Aunque en un primer momento me propuse alquilar un local y montar una librería “física”, una en la que –como dice Calasso– cada lector pueda “hojear un libro, leer las solapas, dejar que la vista caiga sobre una página cualquiera, tener el libro en la mano y considerarlo como un objeto, atractivo o chocante”, acepté que era un riesgo demasiado grande para los tiempos que corren en la Argentina (y por entonces ni me imaginaba la que se nos venía) y que una librería online era lo más adecuado para la aventura de un aprendiz de librero, que era en lo que me estaba por convertir. Así fue cómo en agosto, en la FED, comencé a aprovisionarme de libros y a mediados de septiembre lancé oficialmente el emprendimiento de Esmeralda Libros.


Cuento todo esto porque deseo que Esmeralda Libros sea sobre todo una librería pero también más que una librería: que constituya un espacio para hablar de libros, para recomendar libros, para reflexionar sobre libros, para que los libros –que son, como anotó Borges, “una extensión de la memoria y la imaginación”– sean también refugios y antídotos contra la oscuridad del mundo, ahora que se avecinan tiempos en que esos antídotos y esos refugios se tornarán indispensables. Como punto de partida para este espacio, me pareció que nada era mejor que empezar por el origen, por el principio. Acá compartiré también mi artículo sobre la búsqueda del desorden perfecto, si algún día finalmente lo escribo.